Norteamérica no está convergiendo hacia un único modelo de identidad digital. La fragmentación es estructural, no transitoria, y refleja cómo han evolucionado los sistemas de identidad en los distintos sectores y jurisdicciones. El reto ya no consiste en crear una identidad, sino en hacer que funcione en todos los sistemas. La siguiente fase vendrá marcada por la interoperabilidad y la capacidad de generar y mantener la confianza en distintos contextos.
La fragmentación no es un estado temporal
La mayoría de los debates sobre la identidad digital parten de la misma premisa: la fragmentación es un problema que hay que resolver. Con el tiempo suficiente, el mercado acabará convergiendo en un modelo unificado o en una plataforma dominante.
En Norteamérica, esa suposición no se cumple.
La fragmentación no es una situación temporal. Refleja la forma en que está construido el sistema.
No existe una capa de identidad nacional. La identidad se crea y se utiliza en función del contexto. Los bancos establecen la identidad para dar de alta a los clientes y gestionar el riesgo. Los operadores de redes móviles se basan en los datos de los abonados y en las señales de los dispositivos. Los sistemas sanitarios gestionan la identidad dentro de entornos regulados para los pacientes. Los gobiernos estatales están introduciendo credenciales digitales, pero estas siguen limitándose a jurisdicciones y casos de uso específicos.
Cada uno de estos sistemas funciona, a menudo muy bien. Pero nunca se diseñaron para conectarse entre sí.
Dónde empieza realmente la fricción
A medida que cada vez más servicios se trasladan a Internet, la identidad ya no se limita a un único ámbito. Un usuario pasa de servicios financieros a portales de la administración pública y a proveedores de asistencia sanitaria, a menudo en el mismo día. La experiencia parece continua, pero, en realidad, la identidad se vuelve a establecer cada vez.
Es fácil analizar esto y dar por sentado que la respuesta es un modelo único y unificado. Algo centralizado que simplifique la experiencia.
Sin embargo, las fuerzas que provocaron la fragmentación siguen presentes.
La competencia reguladora se distribuye entre los ámbitos federal, estatal y provincial. El sector privado sigue desarrollando capacidades de gestión de la identidad vinculadas a necesidades empresariales específicas. Además, existe una fuerte resistencia cultural a los sistemas de identidad centralizados que recopilan datos personales.
Estas dinámicas no son pasajeras. Refuerzan la estructura actual.
El verdadero problema es el aislamiento, no el fracaso
Por eso, la mayor parte de los avances en materia de identidad en Norteamérica no se han debido a la creación de un único sistema, sino a la mejora del funcionamiento de los sistemas dentro de sus propios ámbitos.
Con el paso del tiempo, se va perfilando una tendencia.
El problema no es que los sistemas de identidad no funcionen. Es que están aislados.
Y si ese es el caso, el camino a seguir no consiste en sustituirlas, sino en conectarlas de tal manera que la identidad pueda traspasar las fronteras sin que se vea afectada la confianza.
Esto cambia el enfoque del debate. En lugar de preguntarnos cuál es el modelo de identidad adecuado, la pregunta más pertinente pasa a ser cómo se establece la confianza y cómo se transmite entre sistemas. Cómo se comunica la garantía. Cómo una parte que confía en la identidad puede actuar basándose en una identidad que se ha generado en otro lugar.
Se trata de retos prácticos. Se manifiestan en los procesos de incorporación, autenticación y cumplimiento normativo. Y determinan lo que vendrá después.
De la identidad a la confianza
Es en este ámbito donde se centra gran parte del trabajo actual. El objetivo no es crear una capa de identidad universal, sino hacer que los sistemas existentes sean utilizables en condiciones reales.
Tanto en el sector de los servicios financieros como en el de las telecomunicaciones y en los programas del sector público, el reto consiste en plasmar las normas en implementaciones y garantizar que se pueda confiar en las tecnologías más allá de su contexto original.
Es también en este ámbito donde Fime y Consult Hyperion colaboran con las organizaciones. Su función consiste en ayudar a salvar la brecha entre las especificaciones y la implementación mediante pruebas, certificación e integración en entornos complejos en los que intervienen múltiples partes interesadas.
¿Qué vendrá después?
En la próxima entrada del blog, el enfoque pasará de la identidad a la confianza, con mayor detalle, y se explicará por qué la verificación por sí sola ya no es suficiente. Se analizará cómo se define, se comunica y se aplica la garantía en los distintos sistemas.
Las organizaciones que se enfrentan a estos retos en distintos sectores, jurisdicciones o tecnologías deben lograr que los sistemas de identidad sean interoperables y fiables en la práctica. Fime y Consult Hyperion colaboran con sus clientes para abordar estas cuestiones y estarían encantados de seguir debatiendo sobre ellas.
Descubre más en nuestra serie de entradas del blog sobre identidad digital en Norteamérica:
Capítulo II:La brecha de la interoperabilidad: dónde fallan los sistemas de identidad
Capítulo III:De los estándares a los sistemas: por qué la implementación es la parte difícil
Capítulo IV: La garantía en la práctica: ¿cómo se confía realmente en una identidad?
Capítulo V: Nuevas vías: carteras, credenciales y el futuro de la identidad impulsado por los dispositivos móviles
Capítulo VI: Generar confianza en la práctica: los marcos que definirán la identidad digital en Norteamérica